Hoy tengo una misión. Una misión muy importante. Es difícil pero creo que la podré conseguir. Hoy la abuela ha ido a comprar y sé que ha comprado golosinas. Lo he visto en sus ojos. También sé que estás en el armario de la cocina, ese tan alto donde no llega y la abuela guarda el chocolate y las golosinas, porque dice que no son sanos.
Después de la escuela es el momento óptimo para llevar a cabo la misión. Vuelvo solo a casa de los abuelos, porque ya soy mayor, siete años recién cumplidos. Cuando llego, entro sigilosamente por la puerta trasera, pero me encuentro con un gran problema: ¡la abuela!, que está preparando la cena, justo debajo del armario de las golosinas. Pero no desisto, e ideo otro plan. Voy corriendo al comedor, donde mi hermano mayor está mirando su programa favorito: Pasapalabra. Le digo que no haga ruido y le propongo un trato. Le cedo mi hora de televisión a cambio de que distraiga la abuela durante un rato. Acepta y pasamos a la acción. Él se la lleva al huerto donde dice haber visto una plaga de ratas comerse una zanahoria, y yo logro colarme en la cocina sin que nadie me vea. Cojo una silla y me subo en el mármol. Abro el armario, pero entonces oigo un ruido en el vestíbulo; ¡es el abuelo! Me bajo rápidamente pero me descubre. Le digo que estaba ayudando a la abuela, me voy corriendo hacia el patio, pero entonces llegan mis padres en su Seat rojo.
¡Qué rabia! ¡No tendré una segunda oportunidad! Misión fallida. Mis padres me recogen y me subo al coche con mi hermano, pero esta vez es distinta que los otros días. Adivinad qué hay en el asiento del medio: ¡las gominolas de la abuela!
Martí Juanola y Arnau Padrés